Los hámsteres de Joaquín Peón


Dolores Garnica|


Sobrio, sencillo, nítido, elegante, florido, pomposo, magnífico, sublime, experimental, jocoso, cortado, vivo, enérgico, vehemente, dramático y otros tantos adjetivos para definir un “estilo literario” según los libros de texto, y entre intentos de definición y categorización a veces me pregunto si al leer sólo un fragmento podré reconocer si fue escrito por uno de esos narradores que admiro o de los que he leído varios títulos, porque es diferente que me gusten a que los lea mucho (he leído ya cuatro libros de Murakami y nomás no me cuaja).

El estilo, la firma, las maneras, los temas o las formas esas por las que nos gusta o por las que detestamos a un escritor, esas particularidades a veces indetectables que nos hacen correr a la librería por otra novela o por las que nos negamos a seguir leyendo; esa “ingeniería” que intentamos detectar en ciertos autores para volverla teoría, deconstruirla, reconstruirla y adaptarla a nuestra propia escritura; esa estructura que nos vuelve locos y que repasamos pensando cómo diablos se logró, insultando soezmente al autor de semejante genialidad (ahora me recuerdo insultando y pateando el bote de basura al terminar de leer “La guerra del fin del mundo”, incluyendo las incursiones en la revista “Hola” o la mamonería de su autor).

Imagino entonces a Joaquín Peón con un tapabocas, anteojos de fondo de botella y una bata de pana café con parches de piel en los codos en un laboratorio literario repleto de lápices, plumas, lupas, microscopios, compases, reglas, engrapadoras, plumones fosforescentes, papelitos y papelotes de muchos colores y texturas, una pared repleta de post-its, una máquina de escribir vieja, una computadora inmensa repleta de botones como en las viejas películas mexicanas de El Santo, libros apilados por todos lados y varios teclados y monitores extrayendo de Cabrera Infante, Rulfo, Pizarnik, Paz, Del Paso, García Márquez, Vallejo, Bolaño y Borges esos virus que los hacen tan particulares (Pizarnik llorando, Vallejo insultando, Del Paso narrando la acción como un partido de futbol, García Márquez levitando sobre la caja de petri o Paz anunciando y negando al mismo tiempo la extracción, debajo del microscopio). Peón gritando “¡Eureka!”, cada vez que lograba extraer una particular estructura lingüística, verbo, adverbio, adjetivo, repetición, tema, subtema, intertexto, estructura temporal o voz narrativa, el primer gran logro de “Ciudad pantano, parodias y esperpentos”, editado en 2017 por Paraíso Perdido.

Después del trabajo de laboratorio siguen la hipótesis y la comprobación. Así que nuestro científico Peón decidió no escribir un ensayo académico larguísimo y aburridísimo sobre el tema; es decir, crear un álbum de virus clavándoles un alfiler como a los insectos, sino inyectando los virus extraídos en animalitos de laboratorio. Como buen cosmetólogo dispuso quince jaulitas para quince hámsteres (qué feo el plural de hámster) con el mismo laberinto, Ciudad Pantano, donde “nada es lo que parece y puede que sea la casa de los espejos”, y los hizo recorrer la ciudad imaginaria para ver qué es lo que resultaba, y resultaron otras quince narraciones infectadas con el virus pero sin negar el ADN de los inteligentes, lúcidos, divertidos, cínicos y geniales hámsteres, previamente criados a imagen y semejanza de Joaquín Peón (alimentados únicamente con cochinita pibil y tequila, y apareados solamente con los hámsteres más guapos de su especie).

En este libro con portada de Sergio Garval (todavía no entiendo el porqué, yo habría retratado a los quince hámsteres disfrazados de los autores), se podrán leer los resultados del experimento: quince historias independientes, narraciones contaminadas, inspiradas o parodiadas a partir de los resultados del análisis del estilo de grandes autores latinoamericanos, pero con la suficiente carga literaria del autor, Joaquín Peón, para también dejarnos entrever su propio estilo, su propia lucidez, e incluso sus propias meditaciones teóricas y prácticas sobre los autores homenajeados. Cuentos meditados. Cuentos reflexiones. Ficción ensayo, diría Vila Matas, o algo así…

“Ciudad pantano, parodias y esperpentos” son narraciones cruzadas con el ensayo literario y con el ensayo académico de manera lúdica, lúcida y divertida, y no por eso de fácil acceso. Es un libro para lectores, y ahí su punto débil: no es para los que no han leído a los homenajeados pues se perderían de todo “el chiste” del tomo, pero si se cumple con el perfil del lector convocado resulta una lectura placentera, graciosa y suficientemente iluminadora para entender aún más el porqué nos gusta el estilo de un autor; el porqué de esas únicas pinceladas que nos hacen correr por otro libro o que nos hacen rechazar a un autor, a veces de por vida.

Joaquín Peón logra comprobar una hipótesis: el estilo literario no se puede definir o categorizar en sólo un adjetivo; el estilo es un virus, uno que nos puede infectar en cada página si lo dejamos, lo entendamos o no, lo recreemos o no, lo intentemos descifrar o deconstruir, pero, ¿lo podemos controlar? ¿Manipular? Y es que, al final de cuentas, “Ciudad pantano, parodias y esperpentos” resulta un compendio de reflexiones sobre los estilos, pero también una comprobación tácita del estilo de quien reflexiona, de la inteligencia en la firma de Joaquín Peón, y espero haberme infectado con algo de su propio virus…

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