“Nunca más su nombre”: en busca del padre perdido

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James Nuño


Nunca más su nombre

Nunca más su nombre
Autor: Joel Flores
Año: 2017
Editorial: Era

Tengo la peor de las memorias. Siempre olvido fechas, nombres, cumpleaños, tramas. De los eventos de todo un año, largos 365 días, sólo me quedan en la cabeza tres, máximo cuatro. Ya ni mencionar otros de años anteriores. Lo que conservo como recuerdos son imágenes, olores o palabras muy específicos: el color y la forma de una camisa; el sendero marcado por una arboleda; una frase dicha con particular ironía, dulzura u odio. Y no es que estos recuerdos los tenga presentes en todo momento. Es necesario que llegue el estímulo correcto: una palabra, una canción, una imagen. O que una persona vaya poco a poco narrando lo acaecido y uniendo las piezas en mi cabeza. 

Así fue como la semana pasada me alcanzó este recuerdo. Sé que sucedió en la universidad. Ignoro si en la clase de Literatura Hispanoamericana, la de Metodología de la Investigación o la de Sociocrítica —casi estoy seguro que fue en esta última. He, por supuesto, olvidado el contexto. Lo único que recuerdo es que el profesor —que, casi estoy seguro, era profesora— concluyó: «La literatura latinoamericana trata de una búsqueda constante del padre». Aunque también las palabras pudieron haber sido: «La literatura latinoamericana es una literatura sobre la orfandad». Como sea, durante mucho tiempo esta lectura me hizo mucho sentido, especialmente en las lecturas universitarias. Luego, como todo en la vida, lo olvidé o, mejor dicho, reemplacé esta lectura con otras. 

Y entonces llegó a mis manos Nunca más su nombre de Joel Flores.  

La premisa de la primera novela de Flores es por demás sencilla: todo comienza cuando al protagonista, Joel Flores, escritor en ciernes, le llega la noticia de que su padre está muriendo, justo cuando el joven está a punto de comenzar una nueva vida en Tijuana junto a Paula, su pareja. Esto desencadena el conflicto desde las primeras páginas: ¿por qué lo han llamado precisamente a él, al «marica», y no a su hermana, quien su padre se robó alguna vez después del divorcio, o a su hermano, quien heredó su gestos, ademanes y calvicie? ¿Qué se supone que debe hacer con esa información? ¿Debe ignorarla, como ha pretendido hacer con su pasado durante los últimos años? ¿O debe regresar a Zacatecas, esa ciudad que nada le ha dejado sino sinsabores, para buscar la reconciliación? 

A partir de ahí comenzará un viaje introspectivo, doloroso e incluso poético, por la infancia, juventud y primera vida adulta del protagonista: todas ellas recubiertas por la silueta a veces amenazante, a veces patética, a veces idealizada del padre, un ex militar venido a menos que opta siempre por el camino de la violencia para arreglar sus conflictos familiares, que emprende negocios infructuosos y misteriosos debido a que no ha sabido hacer su vida fuera de la milicia, y que finalmente terminará por desvincularse de su familia tras un divorcio nacido de un evento violento y traumático para madre e hijos. 

A lo largo del relato, el protagonista nos cuenta sus problemas para continuar con sus estudios de preparatoria, su salida de casa, su regreso a Zacatecas, el empleo que apenas le da para vivir y que es a lo más que podía aspirar en el semidesierto, su primer encuentro con Paula, las charlas con sus hermanos, el deseo de reencuentro y perdón con el padre, el develamiento de varios secretos familiares que hicieron mella en las creencias de Joel. Pero, además, nos cuenta cómo, a veces de manera consciente y otras no tanto, va encontrando una figura paterna en cada etapa de su vida: su hermano, el amigo que lo obliga a continuar con sus estudios, la nueva pareja de su madre, su jefe, el padre de Paula e, incluso, un famoso escritor que, por un momento, parece que puede cambiarle la vida. Pero, como el lector y el protagonista mismo se darán cuenta, todos ellos no son más que espejismos: o ilusiones basadas en falsas suposiciones o, simplemente, estrellas fugaces que no le pertenecen. 

Pero la novela de Flores, del autor y del personaje, no queda sólo en la confesión del hijo abandonado que se debate entre buscar o no la reconciliación con su padre. La historia está situada en un contexto que nos sugiere una paternidad deteriorada y violenta, no sólo para el individuo que la protagoniza, sino para quienes habitamos en este país. La violencia constante, la amenaza implícita en cada rincón, producto de una tradición política y cultural que la ha sabido normalizar hasta que los ciudadanos se resignan a vivir como lo dice el narrador respecto a su madre: «En lugar de objetarle, recordé que eso se lo había enseñado muy bien mi padre: amar al otro es maltratarlo, sufrir». A las referencias a las autoridades, a los presidentes y gobernadores que han llegado y se han ido y al actuar histórico de las administraciones públicas, sumémosle referencias culturales como el disco The Wall de Pink Floyd y el famoso «No, I’m your father» de Darth Vader en Star Wars. 

Nunca más su nombre de Joel Flores es una novela que habla sobre la búsqueda del padre. Pero no es que el padre nunca haya estado. No es que no sepamos quién es. No es siquiera que lo estemos buscando para reconocernos. Sabemos perfectamente de quién se trata. Tiene rostro; hay recuerdos. Hay, incluso, mucho de él en nosotros. El problema es ese precisamente: su recuerdo, su presencia, nos ha condicionado. Es preciso irnos lejos, al borde de la patria, donde, contrario a lo que podríamos creer, ésta no termina, sino que apenas comienza. Ahí, alejado del nido que nos tenía sumidos en el miedo y la mediocridad, podremos crecer como lo que en realidad somos —como lo que queremos ser— y tomar las fuerzas para regresar, encarar nuestro pasado y, sólo tal vez, cambiar nuestra realidad: «aún hay tiempo para olvidar lo que no habíamos sido».

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