por Abril Posas

La incertidumbre no siempre inicia de golpe. Tiende a comportarse como esos dolores musculares que casi no se perciben, a menos que te tuerzas de pronto o cargues algo pesado. A veces, incluso, es como el zumbido del refrigerador que canta desde la cocina a media noche, cuando se supone que los demás cesamos las interrupciones de su eterna gélida labor, abriendo su puerta cada 20 minutos para comprobar que ahí sigue el mismo frasco medio vacío de mayonesa, un tercio de cebolla abandonada en el cajón de la verdura y ninguna cerveza. Y debe ser porque en la calle, también, la ciudad enmudece a esa hora, así que el motor del refri se hace más abarcador y ahora es lo único que se escucha en la casa pseudo deshabitada. 

Te acuestas en la cama, adolorida en realidad por una sesión de ejercicio demasiado exigente que te encontraste en YouTube. Dijiste «claro que puedo», si ya dominas esa otra sesión que llevas practicando seis meses. Pero el cuerpo se acostumbra a los movimientos y aunque sude ya no hay reto. Igualito a tu capacidad de atención: hay que cambiar rápido o te nos pierdes. Mientras intentas subirte a la cama, tu cuerpo te corrige: no, no pudiste. 

A tu lado hay media hectárea de cama sin ocupar; tú apenas acaparas el lado de siempre, pero no tienes derecho a sentirte sola porque uno de los gatos se sube al colchón y olvida todo precepto de sana distancia. Se acurruca en tu hombro y acomoda la cara en el hueco que se hace entre tu cuello y tu hombro. Extiende una pata y te abraza. ¿Que si esto es el amor o la costumbre declarando su triunfo, después de años de no salir de este sitio y ver nomás tu rostro todas las mañanas? Quién sabe. Ahora no estás pensando en si tu gatos son prisioneros o tus dueños, sino que ese ruido del refrigerador tiene algo diferente. No existe otra cosa y te pones a pensar si lo que tienes en el banco te alcanza a pagar la reparación o la compra de uno nuevo, más silencioso. ¿Lo que tienes en el banco? ¿A quién le queda dinero en el banco a mitad de mes? Solo a los políticos, a los Amazon y los Facebook. A ti, quizá hace un par de años. 

¿Recuerdas hace un par de años? Que este tipo de cosas no te preocupaban porque te la pasabas soñando con tener energía para sentarte a escribir algo que no fuera para intentar vender una póliza de seguros demasiado cara para la protección que ofrece o para un coach de aliento putefracto, pero sonrisa de ganador. Ugh. ¿Te acuerdas antes de eso, que bailaste «Little person» con actitud triunfante y te declaraste conquistadora de tu paz mental? Y esta madrugada estás despierta porque te da miedo que el refrigerador explote o te descubras un síntoma inequívoco de una enfermedad larga, dolorosa, cara, eterna y a la vez fulminante.

Por ahí leíste que Simone Weil escribió sus cartas con la prisa de los que están muriendo. A veces te preguntas si es lo que te hace falta para dejar de ver series o películas en lugar de utilizar todo el tiempo disponible para respirar y escribir. O escribir, respirar y cobrar. Perseguir a los que te deben en el teléfono o por correo, con mensajes amables que empiezan con «¿Cómo estás?» aunque lo que quieres es decir YA PÁGAME, PÁGAME YA LO QUE ME DEBES Y LO QUE ME VAS A DEBER Y LO QUE TUS CLIENTES ME DEBEN POR APARECER EN PUBLICACIONES DE PRESTIGIO CON SU NOMBRE PERO CON MIS TEXTOS PÁGAME MUCHO AUNQUE NO TE ENTREGUE NADA.

Aunque no tenga ganas de escribir nada porque a veces te cansas de ser independiente, de vivir sola con dos gatos que se niegan a platicarte lo que ven de noche tan atentos cuando estás dormida, pero les encanta despertarte antes del amanecer con los maullidos más molestos, agudos y difíciles de ignorar hasta que les llenes un plato de croquetas que está visiblemente lleno. Y a veces te dan muchas ganas de romperte los dedos (las uñas no, porque esas te las comes y ni tocan el acrílico de las letras) contando una historia triste, o quizá una más chistosa, con un toque de ironía y quizá un insulto velado a los que pensaron que tus propuestas no tenían potencial para ser buenos nombres para una marca, a pesar de que en lo que va del año ya vendiste tres. O tal vez eso último no, porque a nadie le gustan las ególatras.

Ya casi no le haces caso al refri, porque sentiste de nuevo ese cosquilleo de ir a la computadora, pero no para buscar memes. Es como si hubieras escuchado de nuevo cuando te dijeron que quien se quiere dedicar a la escritura lo hace y ya sin exigir buena paga, seguro social o una factura que le ayude a pagar impuestos, porque el artista es artista hasta que el artista se muere de vivir la vida de artista que los demás convertirán en leyenda tiempo después, ya cuando de nada le sirve que su obra se venda cara, le dé nombre a las calles o los gobiernos instauren becas y premios literarios con su rostro mientras que cuando vivía no sabían ni quién era.

A veces te paras de la cama de un brinco y no te duelen los muslos o los tríceps como hace unos minutos. Llegas de dos pasos a la silla y la única luz que un tipo ve desde la calle es la de tu laptop, sin embargo no te ve a ti. Y escribes y escribes palabras que conoces y otras que acabas de descubrir que te hacen preguntarte si la razón por la que no tienes hijos es porque sabes que no podrías haber dejado tu quincena segura hace más de un año y hacer lo que siempre soñaste. 

Nah. No tienes porque no quieres

Escribes otro poco porque así te lo dictó Virginia Woolf hace mucho tiempo y porque tu madre tuvo una libreta de poemas escondida en un cajón, que no le enseñó a nadie. Escribes porque así se te olvida que la mayor parte del tiempo te sientes sola, que no es algo malo excepto cuando sí lo es. Y porque extrañas el olor a mar y comer aguachile con tu padre, preparado con mezcal.

Escribes, pues, porque es todo lo que realmente tienes, lo que siempre has querido y porque, ya lo han dicho muchas personas en tantas ocasiones, a veces es lo único que nos salva. Especialmente cuando de noche suena el refrigerador.

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