Por partida doble

Partida doble

UN TEXTO DE ALBERTO MENDOZA


En días recientes salí a tomar un café, lo he hecho en pocas ocasiones desde que la pandemia aportó un extraño modo de concebir las relaciones sociales. Más que leer, para mi segundo americano comencé a observar a la gente que pasaba, buscando nuevas historias. A continuación, un par de hombres se detuvieron muy cerca de mi mesa, traté de prestarles atención disimuladamente con el humo que subía de la taza nublando mi vista. Recordé entonces que hace algunos años escribí un relato acerca de dos personajes que se habían citado con el único fin de disfrutar las bondades de la ciudad. En este cuento, uno de ellos aguarda por el otro en un malecón desde donde es posible sentir la brisa del mar. Tras casi tres horas de espera, el segundo personaje llega al punto de la reunión. Gracias al diálogo se descubre que el encuentro de esa mañana fue fortuito, pues se revela que la cita estaba programada para el día siguiente. Ambos sujetos se dan razón sobre esto, luego se separan y desean suerte hasta la mañana próxima, no sin antes admitir que ninguno tiene un mejor plan hasta que llegue el momento de verse de nuevo. Este relato está inspirado en las rutinas y el sinsentido de la literatura de Samuel Beckett —o lo que podría ser una escena en alguna película de los Hermanos Marx.

Flaubert

En seguida se me vinieron a cuenta otras historias donde aparecen las duplas de personajes, quienes sortean eventualidades sin más compañía que ellos mismos. Beckett tiene varias de estas recurrencias: Hamm y Clov, en Fin de partida, ambos condenados a vivir en un mundo agonizante; o la pareja más conocida del también dramaturgo irlandés: Didi y Estragón, personajes de Esperando a Godot. Un tercer libro que releí, a propósito de este recuerdo, es la que podría tomarse como una novela preparatoria para Godot, y cuyos protagonistas dan el título: Mercier y Camier; en lugar de la espera casi absurda y desesperanzadora, ambos se proponen abandonar la ciudad en la que viven, con la intención de dirigirse hacia un destino desconocido. La partida, llena de caídas, los habrá de retener mientras ellos sortean pequeños incidentes. La narración se mide entre la búsqueda de lo que hay en el exterior y el enfrentamiento de las relaciones humanas —y donde podríamos encajar gran parte de la obra beckettiana.

Otro libro que también presenta a una pareja de personajes como pretexto para el título es la novela inconclusa de Flaubert: Bouvard y Pécuchet. En esta, no hay un viaje expresamente; a diferencia de Mercier y Camier —o esa otra pareja que quizá sea la más popular en la literatura: Don Quijote y Sancho Panza, quienes lograron salir en dos ocasiones en la obra de Cervantes—, Bouvard y Pécuchet mudan su relación al mismo hogar luego de compartir la cena durante noches seguidas, por lo que eligen una especie de enclaustramiento mientras se internan de forma tropezada en la prestidigitación, el espiritismo, la agricultura, la química —entre otra serie de conocimientos—, siempre con resultados desafortunados.

Esperando a Godot

Debido a los toques humorísticos de estas novelas, se vuelve interesante distinguir la apariencia de los protagonistas. Para mis personajes, pensé particularmente en las duplas populares del cine, desde Abbott y Costello, Stan Laurel y Oliver Hardy, hasta Viruta y Capulina. En este sentido, las descripciones en las tres obras son bastante próximas. Cervantes refiere a sus personajes como sigue: «Quijote seco y delgado, montado en su escuálido caballo, y Sancho gordo y chaparro, siempre acompañado de su asno». La apariencia de Mercier y Camier es introducida por un mesero: «Me dan mala espina. Sobre todo el barbudo y alto. El gordito, aún». Bouvard y Pécuchet son presentados uno alto y más bien robusto –por no decir de vientre abultado– y el otro de piernas cortas. Es decir, en todo este tiempo, el alto y el de talla más pequeña, el gordo y el flaco; pero de lo que ninguno se salva es del atentado por parte del autor contra su integridad física.

Más delante en mi relato, los personajes se reencuentran cuando ha transcurrido medio día, después de haber vagad por las calles del pueblo portuario. Chocan entre sí afuera de un restaurante, y resuelven entrar para comer y beber algo ya que se ha hecho tarde, deciden omitir toda posibilidad de diálogo, pues ambos convienen en que será mejor no arruinar la conversación que tendrán al día siguiente, ni tampoco fatigar el tema. En el juego con los diálogos, son en particular los utilizados en el teatro del absurdo donde se fracturan las convenciones. En Beckett, aquellos pensamientos encadenados se rompen de forma tal que parecen ir en contra de la lógica. Para Cervantes, por el contrario, el discurso de Alonso Quijano se comprende perfectamente con la percepción del mundo que se ha ido construyendo a partir de la lectura de novelas de caballería, aunque después Sancho comienza a confiar en la realidad del caballero de la Triste Figura. En el caso de Bouvard y Pécuchet, los diálogos son más bien extravagancias, incluso señalan: «Los gramáticos, es cierto, están en desacuerdo. Unos ven belleza donde otros descubren un error». Esto sobre todo porque Flaubert se inmiscuyó con las diferentes disciplinas que los personajes suponen dominar y cómo experimentan con estas; existe un falso conservadurismo, una cerrazón en la recepción de otras ideas, los personajes constantemente luchan por mantener el statu quo de aquello en lo que creen, hombres-niño que se niegan a salir de su propio convencimiento.

Al final, con lo disímil que parezcan estas novelas, o lo variopinto de los personajes, todos transitan escena tras escena al amparo de una soledad remediada. Sancho Panza se adolece de la muerte de Don Quijote, Bouvard y Pécuchet resuelven que es mejor olvidarse incluso de las mujeres y seguir ellos solos para luego abrazarse enternecidos, Mercier no se resigna a estar más por su cuenta y se dirige a Camier: «¡No me dejes, no nos dejemos!».

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