Cómo acabar con la lectura de las mujeres

Como acabar con la lectura de las mujeres

POR ABRIL POSAS


She can read, she can read, she can read, she’s bad
Oh, she’s bad
Interpol, «Obstacle 1»

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Las mujeres hermosas no leen

Existen muchas fotografías de Marilyn Monroe en las que aparece leyendo o acompañada de un libro. A veces es el Ulises de James Joyce, a veces es Hojas de hierba de Walt Whitman. Pero en todas, inmersa entre sus páginas o en actitud de contemplación (quizá porque acaba de leer un pasaje que la cautivó), comete el pecado de lucir despampanante. Los ojos, los labios, el lunar, el cabello, las caderas y las piernas expuestas ponen en duda si esa mujer, que durante su carrera en Hollywood se le destacó por su capacidad inmediata de provocar fantasías sexuales, tendría acaso capacidad para comprender una obra como la de Joyce. Como si el resto de la humanidad pudiera.

Es más, después de que se subastara buena parte de la biblioteca personal de Monroe (con más de 400 títulos) desde 2006 y hasta por ahí de 2014, hombres sesudos, meditabundos y, por supuesto, muy cultos y entendedores del Ulises compartieron esta importantísima pregunta: ¿esa imagen de lectora ávida era un ardid publicitario de una rubia tonta buscando desmarcarse? Incluso: ¿los libros que tenía no eran más que una herencia de su ex esposo, Arthur Miller? Un tipo en particular medita: «¿Qué fue lo que atrajo al dramaturgo? ¿Su interés por los libros o sus labios carnosos y su mirada de miel?». Es que no hay hombre en la tierra que pueda apreciar ambos.

No importa que la fotógrafa que la inmortalizó con el Ulises haya explicado, claramente, que la actriz le compartió que era un libro que llevaba leyendo por meses, que reconoció que no era lo más fácil del mundo, pero que disfrutaba de la musicalidad de sus pasajes. O que en otra biografía, escrita por el periodista Sam Staggs, se dijera que uno de sus autores favoritos era Whitman y leía su poesía cada vez que se le antojaba.

Ni tampoco interesa que en sus diarios, que se hicieron públicos años después de su sorpresiva muerte, hubiera anotaciones con intención de poesía. Tampoco se trata de convertirla en la autora inédita más importante de su generación, sino de terminar de jugarle al fan from hell que, cuando se muere un artista de culto y lo lamentas en público, te exige que escribas un ensayo sobre sus dos discos menos famosos, que grabó durante la desaparición de Bosnia Herzegovina y apenas unos cuantos conocen. En lugar de transformarte en un imbécil, puedes hacer preguntas un poco más inteligentes.

Sin embargo todavía es difícil sacudir ese prejuicio automático: nada de lo que digas o haga sirve si eres así de hermosa. No puedes hacer nada fuera de lo meramente estético, porque es obvio que mantenerte bella ocupa la mayor parte de tu tiempo. Y si por alguna razón decides abandonar la tarea de arreglarte, ejercitarte, controlarte la comida para seguir provocando suspiros, eres una perezosa. Ciertamente no tienes derecho a poseer y leer más de 400 libros.

Debe ser porque la maquinaria mercantil es muchísimo más poderosa que el sentido común. Y aunque tu compa el intelectual se diga casi inmune a los ardides publicitarios, capitalistas y consumistas en los que los demás caemos cada vez que lanzan una nueva edición de Funkos, se está mintiendo: Marilyn Monroe murió hace 59 años y el que se niega a aceptar que las personas tienen más de una dimensión se tragó, enterita, la imagen sensual y vacía que los estudios utilizaron para vender películas (la misma que, durante mucho tiempo, dijo que su suicidio fue por un amor no correspondido, porque por eso se matan las mujeres hermosas: porque no soportan que su única razón de vivir, dar placer a otro, no se consuma).

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Las mujeres no deben leer si quieren conservar al marido

Hace unos días alguien compartió un recorte de noticia, de la edición del 7 de diciembre de 1938 del New York Times, que anunció el divorcio de Bette Davis. El primero de varios. La nota explicaba las razones de la terminación del matrimonio de seis años, y en el titular pusieron la que consideraron digna de recalcar, citando el comentario del ex esposo, el artista musical Harmon O. Nelson: «Leía mucho». Leía cuando estaba en casa, mientras el pobre Nelson nada más se sentaba, ahí, viéndola devorar palabras ajenas a pesar de que lo tenía a él a unos pasos.

Claro que Bette hacía mucho más que leer. Trabajaba mucho, y a medida que envejeció ella misma admitió que sus logros profesionales tuvieron que pagar el precio con sus relaciones personales, lo cual no me parece ideal para nadie.

Dicho eso, pongo sobre la mesa: ¿qué tan aburrido tendría que ser el Nelson, que la joven esposa prefiere dedicar sus horas despiertas leyendo, en lugar de compartir algo de su día con ese compañero de cuarto que, se supone, también tiene inclinaciones creativas? Quizá era una buena persona, pero supongo que en su caso debió haber sido bastante doloroso vivir la experiencia de que su mayor temor se volvía realidad: finalmente alguien se dio cuenta de lo gris y fácilmente reemplazable que era. Al menos para la mujer que pensó que era buena idea compartir el resto de su vida con él.

Alguien que también vio la noticia me dijo que qué bueno que se había librado de semejante lastre. Si lo pensamos bien, los libros salvaron a Bette Davis de una vida mediocre, y el primer paso fue quitarle de encima el peso muerto. Porque, si no hubiera sido así, la queja no habrían sido los libros. Durante una FIL, hace ya algunos ayeres, Jorge Volpi dijo que los libros eran mejor que el sexo. Obviamente: no. Los libros son muchas cosas, ¿mejor que un orgasmo? Será que esas declaraciones dicen mucho más sobre la calidad de sexo que se acostumbra, que de la pasión lectora. De haberla conocido entonces, le habría preguntado a Bette: ¿te mando un Satisfyer?

Así que esta anécdota tiene una moraleja positiva, amiguitas: si quieren evitar el matrimonio aburrido, mediocre, monótono, mata-almas, sigan leyendo, pues un libro es más efectivo que un abanico para alejar moscas.

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Y las mujeres no deben leer porque asustan

Espero que mi padre no malinterprete esta historia. Porque de ninguna manera es parecida a la de Bette y Nelson. 

Si había algo que no le gustaba a mi padre, era que mi mamá tuviera otras cosas que hacer, llámese jugar Nintendo, jugar Jack en el casino o un empleo que la ocupara más horas que las de él. Es decir, que ella dedicara cualquier trozo de su tiempo en algo que no lo incluyera. Fiestas, viajes, películas, comida, regañar a los hijos, preocuparse por los hijos, ir a Las Vegas: todo eso era siempre en su compañía y los disfrutaban mucho.  

Pero leer, no. Mi padre lo admitió: le daban celos. Celos por la atención que le dedicaba a VC Andrews o Stephen King, después de la media noche, minutos después de que él ya estuviera durmiendo. Celos de sospechar que, luego de las quejas continuas, se encerraba en otra habitación a leer sin molestarlo con la incandescente luz de la lámpara de su mesa de noche.

A mi mamá no le importaba leer mientras yo veía la televisión, un niño lloraba en el autobús en el que viajaba o en el sillón de la sala cuando mi padre escuchaba música. Pero al señor le desesperaba que no buscara su atención todo el tiempo, a pesar de lo mucho que lo amaba. 

Claro que, y esto también me lo contó papá, ella intentaba que se interesara en las mismas lecturas que ella. Le platicaba un poco de la historia que tenía en las manos, le sugería que lo leyera también para conversarlo entre los dos, ¡así como con las películas y los chismes! Pero no, el orgullo fue más fuerte, y el brazo del esposo sentido no se torció. El desprecio por el protagonismo de los libros en casa no fue bienvenido cuando atrapó a su mujer, que podía vivir como si nada a pesar de alejarse gracias a una lectura.

Es decir: ¿cómo que hay vida más allá del trabajo y el hogar? Eso de la independencia femenina siempre los tiene muy inquietos, caballeros. No sé si porque en el fondo saben que nosotras ya sabemos que ustedes no son muy buenos viviendo solos: quién sabe. Pero cada vez que se encuentran con una chica lectora les da por asumir que es «una más que les hará daño». Puede ser: el ego se rompe bien fácil y, ¿han intentado cargar, al mismo tiempo, su frágil masculinidad y un libro de más de 300 páginas? No hay forma.

Corte a: 17 años después de la muerte de mamá, mi padre por fin se convirtió en lector asiduo. Y con los libros que dejó la mujer, ni más ni menos. Sé que lamenta no aprovechar la oportunidad de comentarlos con ella, de reírse juntos de ciertos pasajes o explicar su asombro por los finales que más le han gustado. Espero que esto no le arruine sus lecturas, aunque si sucede no me sorprendería. Por suerte sigue teniendo con quien platicarlos, y cuando hablamos por teléfono me cuenta por qué leyó, por segunda vez consecutiva, un novelón de Taylor Cadwell. 

Hay cambios que sí son posibles. Punto para mi madre.

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