ACASO LAS COSAS (NO) OCURRIERON ASÍ

O INSERTE MEME DE THANOS: NI SIQUIERA SÉ QUIÉN ERES


POR JAMES NUÑO


Ballard, en el prólogo a su novela Crash, afirma que vivimos en un mundo gobernado por ficciones de todo tipo, desde la confusión de identidades y la política como una rama de la publicidad, hasta la producción en masa y la anulación anticipada de toda reacción personal o experiencia. Quizá por eso no sorprende que, además de las ficciones externas, nos hagamos las propias, tragedias y aventuras personales que nunca sucedieron, pero que hay para nuestro deguste. Total, otra raya al tigre.


No recuerdo si fue en secundaria o en preparatoria. Ahí estudiaba una chica regordeta y de cabello naranja. La había visto un par de veces porque el microcosmos que es una escuela le hace imposible a uno pasar desapercibido. Nunca cruzamos palabra, ni un saludo, ni una mirada. Un día, una de mis amigas se me acercó: «¿Ubicas a Fulanita? Una chica [inserte la descripción anterior]. Es que me platicó que un día le dijiste que trabajabas de [inserte oficio aleatorio], pero que luego se enteró de que en realidad no hacías nada de eso, y que inventabas cualquier historia más o menos interesante para conquistar chicas. ¿Es cierto?». «Wey —le dije— ¿alguna vez me has conocido alguna conquista de cualquier tipo?». Eso cerró el asunto.


T me aborda, preocupado: «Mi amiga X —una chica cuyo nombre no recuerdo y con quién no tuve más interacción que un par de likes en Facebook— me dijo: tu amigo James me metió en un pedote. A mi novio le llegaron supuestas capturas de pantalla en donde tengo conversaciones impropias con él… ¡y yo ni lo conozco!». T esperó a ver mi reacción y continuó: «Yo le dije que no, que yo te conocía bien y eso era algo que tú no harías… ¿no?». «Sólo te diré que tiene razón —contesté— ni nos conocemos».

Tiempo después me enteré de lo siguiente: quien había enviado esas supuestas capturas fue el novio de S, una conocida mía. Cuando le comenté el episodio, S me respondió «Ah… sí… es que mi novio trae no sé qué asuntos con esa chica». Y ya. No dijo nada más.

Aún tengo la duda de por qué andaba yo metido en un triángulo (¿o era cuadrado?) amoroso telenovelesco de cuyos protagonistas no conozco ni el rostro.


Ballard retoma una de las preguntas filosóficas por excelencia, ¿qué es la realidad?, y le da una respuesta tajante: nada. O, mejor dicho, es mejor pensar que nada: «El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio… y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas».

Contrario a lo que dice el agente Mulder, la verdad no está ahí afuera.


De cuando en cuando, personas contactaban a E, mi pareja, exclusivamente para preguntarle por mí, por nosotros, por si estábamos bien, porque yo había publicado tal cosa en Facebook, porque alguien me había agregado a sus amigos, porque me habían dado like, porque yo había dado like, porque me vieron con alguien en un café (sólo conversando pero uno nunca sabe)… Esta situación la entristecía y molestaba por igual, ¿qué ganaba esta gente al especular y compartirle teorías conspiranoides de una relación que no conocían?

El aburrimiento, lo sabemos de sobra, puede hacernos caer en la tentación de, como niños, elaborar narrativas complejas para hacernos la vida un poquito más interesante.


Uno de mis conflictos principales es que voy con la mente de un lado a otro: a veces los amo a todos, a veces los odio; a veces me siento en la cima del mundo, a veces quiero exiliarme en una choza en el cerro hasta volverme loco. E dice que yo vivo en dos modalidades: la fiesta orgiástica o el encierro monástico. Para bien o para mal, no conozco puntos medios. A veces me digo que lo que necesito es una vida tranquila, donde pueda leer, escribir, comer y beber a placer. Otras, que necesito el caos, la aventura, una vida de excesos donde pueda moverme sin ataduras, viajar, coger, comer y beber a placer. Todo depende de mis obsesiones del momento o de la epifanía que me dejó la conversación, libro o película recientes.


Salvo por Instagram y su feed lleno de foodporn, gente bonita y memes de perritos, cada vez me es más difícil pasearme por las redes sociales: autoelogios, autoflagelación, activismo extremista, reaccionarios detestables… Todos con la razón en la mano. Me da harta flojera ver sus publicaciones que, de una manera u otra, por más originales que pretenden ser, se repiten ad nauseam. Me enojo como cuando mis tíos se emborrachan y empiezan a necear sobre lo huevona que es mi generación. Por eso me reservo mis opiniones, y me decanto por hacerme el tonto y publicar cualquier pendejada que, simple como soy, encuentro risible. Esto también funciona como un mecanismo de defensa: mi ego es frágil, y las revanchas ponzoñosas, tan propias de Twitter, me producen el mismo malestar, impotencia y frustración de cuando mi mamá me cacheteaba por hocicón y yo no podía hacer nada al respecto. Me siento estúpido. Chiquito. Pongo en tela de juicio mi sistema de creencias: ¿me habré equivocado en la manera de expresarme?, ¿en la decisión de publicarlo?, ¿en el simple hecho de existir? Así que, por lo regular, cuando esto sucede, inmediatamente borro la publicación: no necesito esta negatividad en mi vida, pienso. Días después reflexiono y me digo que yo también puedo jugar, sumarme a esa dinámica, a ese hervidero de verdades e injurias: quién quita y en una de ésas, alguna de mis joyas se vuelve viral, y yo, un poderoso influencer.

En fin. Ya lo intentaré en el próximo tren del mame.


Estoy en un hotel de la Ciudad de México. Aún no sale el sol. Estoy crudo y desmañanado. Tomo el teléfono para ver la hora: las siete. Reviso mis notificaciones de Instagram. Tengo un comentario larguísimo, de las cuatro de la mañana, en una foto donde saludo como político joven del PRI. El comentador: un desconocido. El comentario: una serie de insultos más o menos originales sobre: mis cachetes, mi panza, mis colegas, mi labor editorial, mi escritura… Borré el comentario y bloqueé al individuo. Semanas después me llega otro de sus mensajes, en el mismo tenor, ahora por chat. ¡Qué emoción!, pensé, ¡tengo un fan from hell! Tras narrar este hecho en las redes, inmediatamente mis contactos manifestaron su apoyo incondicional a este humilde servidor —¿por qué más publica uno cosas así sino para que nos den la razón?—, y resultó que muchos de ellos conocían a quien aquí nombraremos como César Totalplay, porque no recuerdo su nombre y porque, al parecer, labora en esa empresa. El asunto del mensaje se repitió una o dos veces más, hasta que perdió la gracia y originalidad en los insultos y decidí bloquearlo.

A veces me voy a la cama preguntándome si aún piensa en mí, cómo estará, en qué momento y de qué forma un desconocido desató sus pasiones más bajas, cuáles son sus canales de cable favoritos, si comprará mi siguiente libro…


Hace un par de meses, alguien a quien que yo consideraba de mis mejores amigos me dijo por chat: «Siento que no eres una persona en la cual pueda confiar; y no soy el único que piensa eso, pero sí el único que te lo va a decir». Cuando le pregunté a qué se refería, qué había desencadenado todo aquello, como única respuesta obtuve un like y un bloqueo de todas las redes sociales. Según yo, siempre estuve ahí para él, fui buen amigo y confidente, y aunque tuvimos algún malentendido, lo habíamos arreglado como adultos sinceros y respetables que éramos. Según él… no sé cuál es la historia según él. O según ellos, quienesquiera que sean. Desconozco sus fuentes, las piezas con las que armaron sus rompecabezas. Lo único que tengo son fragmentos de una novela experimental, de un poemario que no narra nada concreto pero que aporta lo suficiente para el lector forme su propia lectura. Supongo que sucede igual del otro lado. Acaso las cosas ni siquiera sucedieron como las cuento aquí.


Ballard termina el párrafo con esta frase: «Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad».


Fotografía por NeONBRAND / Unsplash

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