TODOS LOS LIBROS DE LA PANDEMIA


POR ALBERTO MENDOZA


Permítanme, antes que otra cosa suceda, ofrecerles una disculpa por lo que crean que hallarán aquí. Y es que el título, dependiendo del sentido con que sea leído –o de las circunstancias–, es tramposo por sí mismo. Debo aclarar que «los libros de la pandemia» no se refiere a las decenas de títulos publicados o por publicar, y que han tomado como guía la contingencia a la que le pedimos que por fin se resigne a darnos un respiro prolongado; obras que, seguramente, encontraremos pronto en las mesas de novedades de las librerías –si es que no lo están ahora.

No. «Los libros de la pandemia» se refiere a algo tan simple y fácil de explicar como todas aquellas largas –larguísimas– listas de títulos por leer y que se han ido rezagando en el escritorio, almacenando el polvo de los días que se han marchado durante estos meses. De tal forma que muchos lectores contamos con una cantidad absurda de autores pendientes y cuyas obras adquirimos a manera de compras de pánico desde el día uno del distanciamiento social, y no porque creyéramos que habría escasez en las librerías, sino porque pensamos, ¡oh, ilusos de nosotros!, que lograríamos leer todas las páginas ahí condensadas. Habría que sumar a esto lo ya acumulado en años anteriores, cortesía de aquellos refugios que visitamos armados con mochila y libreta, es decir, las llamadas ferias del libro (presenciales). ¿Dónde quedaron, pues, los pasillos en la virtualidad?, ¿o las miradas imantadas al reconocer a Sergio Pitol sentado a la mesa, como si intentara reservarse al interior de un pequeño stand?

Días atrás escuché a Bernardo Esquinca al ser entrevistado, curiosamente para una cadena de librerías, y admitía comprar más libros de los que podía leer –lo que ya es una máxima del decálogo del buen consumidor libresco–, un acto por demás aledaño a la propia lectura; en resumidas cuentas: un segundo placer. Esto me hizo pensar en Roberto Bolaño, quien propuso, en otra entrevista también, una analogía de los libros con las estampillas coleccionables, incluso admitió llenarse de libros sin tener oportunidad siempre de leerlos, salvo quizá de acariciarlos. Por tanto, habría que revisar si nos faltan tres Vila-Matas, el primer Dovlátov, o alguna edición de aniversario de Pessoa.

Hay otro rubro para «los libros de la pandemia» –en verdad deben existir muchos más–, y que son tal vez los menos, aquellos textos cuya llegada fue, en efecto, presa del entusiasmo, donde su lectura no obedeció tanto a un impulso, por el contrario, libros ya ansiados por nosotros. Para estos casos, hay que contar que el encierro alteró la concentración, dificultando avanzar con varios proyectos, entre estos el hábito lector. Como se está volviendo costumbre en este espacio, haré una confesión más: soy un poco desesperado al momento de leer, por lo que estirar una misma historia más allá de un par de semanas suele acabar mal para mí –y para el libro, claro está–, ya que esto, además de afectar el ritmo, termina por golpear la motivación sobre la trama, con lo que estos otros libros de la pandemia deben ser detenidos y reservados para una mejor ocasión, con una –crucemos los dedos– certera disposición mental.

A continuación, contaré un sueño recurrente en la juventud, y que estoy convencido de que más de alguno ha tenido alguna vez. En este, muere una tía lejana a quien la familia mantuvo oculta –rica, por cierto–. En su última voluntad nos hace herederos a todos aquellos que, irónicamente, jamás velamos por su salud –en mi fantasía ella muere vieja y enferma–. En la lectura del testamento, me entero que me ha legado su biblioteca personal con miles de volúmenes. Es aquí cuando el sueño se convierte en pesadilla, pues ahora mismo, entre aquellas listas de libros por leer, no estoy seguro que una noticia como el deceso de mi falsa tía millonaria, y sus muchos librosen mi pertenencia,seríabien recibida, aun menos con el frenesí de diez años atrás.

Pero no perdamos el paso y déjenme ahora hablar de memes. ¿Por qué no? Ni que fuera este un lugar para discurrir sobre la alta cultura. Incluso antes de la pandemia, siempre hubo bromas, en Facebook sobre todo, en donde más que cuestionarse, se hace mofa de la incredulidad del lector romántico y devoto. Un poco como esos viejos comerciales de Macrovideocentro, para quien los recuerde. ¡Y ahí seguimos, resignados a soportar la condena de la finitud! Es gracioso porque es muy real, reza el viejo adagio Simpson. Sin embargo, aún más trágico quizá que la falta de momentos para la lectura, es que este escaso tiempo sea víctima de los mismos libros que trajimos a casa –por no decir que llegaron por paquetería–, obras cuya espera se ve decepcionada a las veinte páginas, cuando el libro se declara ante nosotros para revelar que está lejos de cumplir nuestras expectativas. ¿Por qué habríamos de obligarnos a leer algo que el propio autor parece que se obligó a escribir? Entonces, el espacio en los libreros se ve rebasado, pues la lista, antiguamente destinada a las lecturas pendientes –o a esas otras pausadas brevemente–, abre camino a una nueva categoría, la de los libros que no leeremos nunca –o al menos no pronto–. Lo sé, suena fatalista, pero permítanme por única ocasión esta clase de arrebato.

Así, los libros de la pandemia son también aquellos que han llegado a nosotros seducidos por sugerencias de desconocidos en las redes sociales, por comerciales de autores a quienes creímos respetar –¿recomendar lo que nos parece un mal libro es suficiente para renunciar a una amistad?–, o su lugar prominente en las repisas de las librerías, lo que en suma tampoco es garantía para el gusto lector; a fin y al cabo, títulos que no lograron superar nuestros estándares, forzando a estos autores y a sus obras a ser guardados en cuarentena… ¿Y ustedes con qué libros pandémicos cuentan?


Fotografías por Alberto Mendoza

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