VIBRAR ALTO, TIRARSE DE UN PUENTE, ¿O QUÉ MÁS?


POR MANUEL FONS
COLUMNA: DIJO NUNCA NADIE


«Odio la realidad, pero es el único sitio donde se puede comer un buen filete».
Woody Allen

LADO A: El mejor y el peor de los mundos posibles

Negro

Dado que nuestros pensamientos e ideas influyen en nuestro estado de ánimo, no hay duda que el encuadre de los optimistas es una buena estrategia emocional. El problema es que para adoptar ese ángulo de visión hay que negar buena parte de la realidad. Cuando le iban a Schopenhauer con el cuento de que el universo era perfecto, por los atardeceres bellísimos, la armonía de los astros, el canto de los pájaros, este les sugería que visitaran un hospital: que vieran leprosos, enfermos terminales, mutilados, quemados, a ver si después de ese espectáculo dantesco mantenían esa mirada tan ingenua. Algo así sucede en la novela Cándido de Voltaire. Mientras que el personaje Pangloss, parodia de Leibniz, insiste en que vivimos en «el mejor de los mundos posibles», la realidad no deja de contradecirlo con una surtida cadena de desgracias. Yo agregaría que para mantenerse optimista hay que ser tonto o egoísta. O sea, sí muy lindos quienes sonríen todo el tiempo como Ronald McDonald´s y no permiten que penetre ningún pensamiento tóxico en su cabeza, pero ¿cómo puede no verse el lado oscuro de la vida? Hay que ser muy tonto para no darse cuenta que el universo no está conspirando para cumplir nuestros deseos. Por otra parte, pienso que es muy mezquino mantenerse ajeno a las luchas sociales, los problemas de la política, las desigualdades económicas, los secuestros, los asesinatos, las torturas, etc. Los problemas existen y mantenerse al margen de ellos contribuye a un ambiente idóneo para perpetuarlos.   

Blanco

Aún así, no me parece que la perspectiva pesimista esté perfectamente calibrada con la realidad. He conocido a personas muy inteligentes, con una gran conciencia de los defectos del mundo y las aportaciones de nuestra especie para empeorarlo que, por tanto, desaprueban todo en bloque. Es un mal típico de muchos inteligentes: tener una mirada tan aguzada para detectar los fallos que se vuelven ciegos a los aciertos. Abundan, sobre todo en las redes sociales, los listillos que destrozan obras de arte maravillosas por algún detalle insignificante, o que ningunean a personas excepcionales porque cierto día tuvieron una mala actitud, porque son amigos de fulano o porque no queman sus posesiones materiales. No creo que ni Lucifer juzgue con tal arbitrariedad; supongo que tanto él como Dios son más abiertos a la ponderación y el matiz.

Blanco y negro

En suma, oscurecer todo, ni es buena estrategia emocional, ni es objetivo: es una visión, casi tan distorsionada como la otra. La anécdota de Schopenhauer muestra las dos caras del mismo error óptico: el optimista bobo que es ciego a la fealdad, y el agudo pesimista que no ve la belleza. Ambas perspectivas están muy sesgadas. Si somos un poquito objetivos, está claro que en el mundo hay de todo. Así lo ilustra, con gran sabiduría, un diálogo entre Alejandra y Martín, en la novela Sobre héroes y tumbas de Ernesto Sábato:

—Escucha —dijo, abstrayéndose y mirando al techo mientras chupaba su cigarrillo.
Se oyó una música patética y tumultuosa.
Luego, bruscamente, quitó el disco.
—Bah —dijo—, ahora no la puedo oír.
Siguió preparando el café.
—Cuando lo estrenaron, Brahms mismo tocaba el piano. ¿Sabes lo que pasó?
—No.
—Lo silbaron. ¿Te das cuenta lo que es la humanidad?
—Bueno, quizá…
—¡Cómo, quizá! —gritó Alejandra—, ¿acaso crees que la humanidad no es una pura chanchada?
—Pero este músico también es la humanidad…

Más negro que blanco

Ahora que, para ser más preciso, no creo que la maldad y la bondad, la alegría y la miseria, estén divididos en partes iguales; me desmarco de los que creen en el karma, el equilibrio secreto, la justicia en la Tierra… A mi juicio, la balanza se inclina a lo peor. Esto no es pesimismo, sino ponderación. Sí creo como Schopenhauer, Wilde, Sartre y tantos otros, que el infierno es la Tierra y cada uno somos el demonio del otro, pero a diferencia de ellos, creo también que en la Tierra está el Paraíso. En otras palabras, creo que el mundo es infernal, pero tiene porciones del cielo, y eso no es poco, basta y sobra para justificar muchas vidas. Quien mejor sintetiza mi perspectiva de este infierno matizado es Italo Calvino, tal como lo expone en las últimas líneas Las Ciudades invisibles. De las alternativas para no sufrir el infierno, la primera me parece horrible; la segunda me gusta mucho y desde antes de leer a Calvino, ha sido mi divisa personal:

El infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de no verlo más. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar, y darle espacio.

Aunque no hay una relación explícita, se puede decir que Woody Allen retoma la idea de Calvino en algunas de sus películas, pienso, en concreto, en una de las últimas escenas de Manhattan. El protagonista que, como muchos personajes de Woody Allen, es pesimista, quejumbroso, existencialista, luego de una serie de desventuras amorosas, recostado en un sofá, hablando con una grabadora, se pregunta por qué vale la pena vivir y enlista algunas razones: Groucho Marx, el segundo movimiento de la Sinfonía Júpiter, la grabación Potato Head Blues de Louis Armstrong, las películas suecas, el rostro de Tracy…

Para que este texto no quede en el habitual monólogo, te propongo hacer tu lista de «Quién y qué NO es el infierno». Considero que, si no eres un optimista bobo o un pesimista dogmático, puede ser un interesante ejercicio de autoconocimiento. En el siguiente apartado comparto mi lista. Por supuesto, no es exhaustiva, y claro que es posible otra lista de razones para tirarse de un puente, pero no es el tema.

LADO B: ¿Quién y qué no es el infierno?

Música que hackea

Me encantan esas canciones que te ponen de buen humor. Me asombra que un montón de vibraciones sonoras combinadas con silencios te puedan hackear el estado de ánimo. Algunas de las que tienen esa injerencia sobre mí son: «Here comes the sun» (The Beatles), «El día feliz que está llegando» (Silvio Rodríguez), «Bordel 1900» (Piazzola), «Llegando llegaste» (Piero), El vals emperador (Strauss), «Viens» y «J´ai vecu» (Aznavour), «Aguacate» (Fernando Delgadillo), «Bring on the Lucie», (John Lennon), «Le petit pain au chocolat» (Joe Dassin), el Duo des fleurs (Delibes)…

Reír hasta llorar

Aunque casi todos los días de mi vida me he reído por algo, no sé cuantas me he reído hasta llorar, estoy seguro que no son tantas, diez o veinte a lo sumo. No siempre me acuerdo del chiste, pero a las personas con las que compartí ese momento las atesoro en la memoria, cada una ha hecho mi vida mejor.

Viajes significativos

Una vez que estaba haciendo el recuento de mi vida para responder el famoso Test de Proust, me di cuenta de que muchos de los momentos más felices coincidían con los viajes: solo, con amigos o en pareja, locales, nacionales e internacionales, con viáticos o de mochilazo. Mi primer viaje a CDMX fue memorable, la ciudad más bella que he visto es Venecia; la más estimulante, París; el viaje que me reconcilió con la especie fue uno que hice a la Huasteca.

Libros

De los encantos de los libros podría escribir una vasta serie como La comedia humana, pero me limitaré a una sola de sus magias: aligerar los viajes. Durante unos quince años los camiones fueron mi biblioteca. Pasé horas maravillosas de lectura en la ruta 51B, la 59 la 249. Siempre me maravilló que mientras los camiones seguían su ruta monótona por López Mateos o Avenida Moctezuma, yo estuviera escapando de una prisión en la Iglesia de San Marcos, en una matanza en Tenochtitlan, en la escena de un asesinato en Nueva York, en una aventura amorosa en Padua… Ya no leo en el camión, pero los libros me siguen aligerando toda suerte de viajes, incluido el de la vida: nada me estimula más, ni me aleja más del aburrimiento.

Mejores amigos

Tener un buen amigo es de las mejores experiencias de la vida. Me refiero a esos amigos que llegas a querer como hermanos. Aristóteles dijo la que para mí es la mejor definición al respecto: «La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas».

Futbol

Aunque ver partidos me aburre a muerte y no me interesa ningún equipo, el futbol me divierte muchísimo, es mi deporte preferido. Tanto mi inconsciente como el algoritmo de Facebook lo saben, pues, por una parte, a veces sueño que estoy jugando (normal, no soy el héroe, ni hago nada fantástico) y despierto contento, por el puro placer del juego; y por otra parte, en la red social, aunque nunca configuré mis gustos, la sugerencia más recurrente son videos de futbol. Disfruto ver antologías de los jugadores creativos. Mis favoritos: Zidane, Maradona, Ronaldinho, Denis Bergkamp.

Conversar

Amo el placer de una buena conversación, como cuando estás con alguien tomando un café o sentado en la banca de un parque y la conversación es tan placentera que pierdes conciencia del tiempo: un instante preguntas por el platillo del día y en el siguiente los meseros ya están apagando las luces y guardando las sillas. Como muchas bellezas de la vida, ese ensamble espontáneo no es algo que se dé con todo el mundo, ni diario, pero cuando sucede, es una de las formas de la felicidad.

Pintores entrañables

Cuando éramos adolescentes, mi hermana mayor me platicó de un libro sobre Apreciación estética de la pintura, y me habló del cuadro La boda de los Arnolfini de Jan Van Eyck, y de cómo cada elemento de la escena simbolizaba algo: el perro, la fidelidad; el candelabro, la promesa; los zuecos, un pasaje bíblico… Por otra parte, una novia muy singular, de esas que uno tiene que ver a escondidas, me regaló la novela Lust for Life y un caballete. Así nació mi amor por la pintura como observador y practicante. He admirado a grandes artistas como Toulouse-Lautrec, Escher, Dalí, Edvard Munch, Kokoschka, Kirchner, Basquiat, pero a Van Gogh, además, lo he querido.

Amor y sexo

Como dijo John Lennon, hay sexo sin amor y amor sin sexo. Ambos son un placer muy intenso: uno más físico y otro más espiritual; a veces se juntan y forman un gran acorde. Es algo que puede suceder muchas veces, pero no con muchas personas. Cuando pasa es pura magia. Supongo que a eso se refería Cioran cuando dijo que, después de hacer el amor, cualquiera tiene derecho a compararse con Dios.

Ajedrez

Yo pensaba que el ajedrez era un juego para ingenieros, muy aburrido, muy mecánico, pero cuando aprendí a jugar descubrí que había un margen muy amplio para la intuición y la creatividad, que, como dijo Stefan Zweig, se combinan la ciencia y el arte. Es un juego con mucha intriga, tensión y diversión. Es increíble lo contento que se pone el cerebro cuando hay una configuración interesante en el tablero y cómo se acelera el pulso cuando el tiempo está por terminarse. Ver a los grandes jugadores es otro placer. Mikhail Tal es mi favorito, una suerte de Magic Johnson del tablero. P.D. Gracias al ajedrez ahora sospecho que tal vez los ingenieros no son tan aburridos.

Información agradable

Las discusiones de política y las noticias me ponen de mal humor, pero me las trago porque me gusta estar informado. Para contrarrestar el mal sabor de boca le doy un lugar especial a lo que me mejora el humor. Tengo una carpeta en Facebook donde guardo las noticias, artículos, videos, que me devuelven la fe en la humanidad (lo recomiendo): un diálogo casual entre un joven y una niña poeta en una película de Jarmusch, un gato que ayuda a un bebé a abrir una puerta, una foto de Víctor Jara sonriente, Eduardo Galeano contando una anécdota, una animación de un canon cangrejo de Bach, un video de italianos confinados, cantando desde sus balcones y ventanas; un video donde cinco tipos se coordinan para evitar que a un perro lo arrastre una corriente de agua… esa carpeta es como mi cámara de las maravillas, mi recordatorio de que no vivimos en el peor de los mundos posibles.


Fotografías por: Jon Tyson / Nijwam Swargiary / Unsplash

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