REALIDAD A CUESTAS


POR ALBERTO MENDOZA


Hay ideas que me interesan más que otras. Entre éstas, en repetidas ocasiones estuve tentado a escribir un diario, llevar un listado de actividades durante el día –y por todos los días– que fuera adyacente al ejercicio literario. Nunca comprendí si eran necesarios aquellos cuadernos forrados, y olvidémonos de la llave y el candado como en las películas. Si lo pienso un momento, uno de los hábitos que tengo es cargar siempre conmigo una libreta. La cambio de mochila, la pongo sobre la mesita de noche y, cuando es necesario, la uso como portavasos para el café. Prácticamente viaja todo el tiempo conmigo. Éste, además, es uno de los consejos que suelen darse en cualquier clase de escritura creativa, ya que esta libreta cumple la función de filtrar las ideas que se revelan en la estación del tren o al interior del transporte público mientras hacemos malabares por no caer y escribir al mismo tiempo. Las notas culminan –no decido si en un porcentaje alto o bajo– en cuentos o poemas, y esto es lo más cercano a un registro creativo que hago. Sin embargo, está muy lejos de parecerse a un diario.

Escuché a Julián Herbert en una plática en línea, y él aconsejaba llevar un diario –o varios de ellos–. Su primera razón era que, al revisitar las páginas, habría una mayor conciencia y comprensión del propio proceso de escritura, obstáculos, inspiración, deseos, recelos, entre otros más, probablemente. Como plan para conocerte mejor crea-ti-va-mente me pareció maravilloso. Asimismo, otro motivo –y tal vez el más arraigado– es el de generar suficiente material para que en algún futuro sea posible tomar esos reportes cotidianos y construir un relato que involucre el día a día, o la mayor cantidad de impresiones. Sin embargo, mi vida tampoco es tan interesante.

Siguiendo la sugerencia de Herbert, tomé un viejo cuadernillo e intenté comenzar un diario en su forma tradicional. Incluso tenía horario y un sitio especial en el sillón distinto al lugar para ver la tele, además de la taza indicada para el café. Decidí que las nueve de la noche era un buen momento para recapitular el orden del día: ¿a dónde fui?, ¿qué comí?, ¿qué resolví sobre tal o cual situación?, ¿cuántas veces perdí mis lentes?, y ¿cuántas renuncié a encontrarlos y miré al techo, ya que la pintura desgastada no necesita alta definición? Para la quinta noche, me di cuenta que la mitad de las anécdotas que había aterrizado en aquellas hojas de rayas descoloridas tenían mucho de ficción, así que renuncié a la idea del diario, tomé lo que me fue útil de esa prosa escalada y lo llevé al terreno de la literatura, en una o dos historias que ahora están almacenadas en el cajón. Algo similar me sucedió antes con un cuento. Intenté darle una estructura a la manera de un diario, con fecha y acción para el personaje. El resultado fue más bien una bitácora de hotel en la que el protagonista no mostraba sino su obsesión por un hombre a quien consideró un huésped más. Así que esto tampoco cuajó en un diario.

Alguna vez incluso me pregunté si todos los diarios podrían ser material publicable, refiriéndome en concreto a los diarios de escritores y cuya publicación trascendió tanto como otras de sus obras. Obviamente no llegué a la respuesta, ni me interesa tenerla ahora, ya que nos llevaría irremediablemente a debatir acerca de si es o no válido que los textos de un autor tengan a bien ser publicados cuando aquel no los consideró con este fin. Acepto, sin embargo, que en los pocos casos que he conocido se lee una clara vocación literaria al concebirlos. En los diarios de Franz Kafka, por ejemplo, se hallan fragmentos de relatos y descripciones que podrían contemplarse fácilmente dentro de sus novelas o cuentos, frases sueltas, pensamientos en torno a su rutina diaria, así como los inconvenientes de su trabajo o de la propia escritura; además de algunos dibujos, una constante discusión con su voz interior.

Fernando Pessoa estructuró su diario en un registro un poco más preciso quizá, con fecha y hora en algunas entradas. En éste, hay un develamiento de su proceso poético, un acuse desde dónde le vino tal o cual idea, o uno que otro boceto. Al igual que en Pessoa, en El oficio de vivir, de Cesare Pavese, se aprecia un desencanto, hay un desinterés en la madurez de ambos escritores, en donde ya no les parece entusiasmar la literatura –descripción que ofrecen, cabe señalar, sin perder la estética literaria–. Pavese, por su parte, plasma una clara lucha contra la soledad, y que tal vez fue uno de los motivos que lo llevaron a la resolución que ya conocemos.

Asimismo, hay combinaciones, es decir, el diario como recurso narrativo en algunos pasajes. Ahí se encuentra el diario del capitán Robert Walton, a quien Víctor Frankenstein le relata su historia en la novela de Mary Shelley; o también los diarios de Mina y Jonathan Harker en Drácula de Bram Stoker. Incluso la mezcla de ficción y realidad: al final de El corazón de las tinieblas –desconozco si en todas las ediciones–, se transcribe un fragmento del diario personal de Joseph Conrad en su viaje al Congo.

En otros casos la organización del diario es utilizada y replicada en una obra de ficción. Recientemente leí dos novelas: Diario pinchado de Mercedes Halfon y Caballo fantasma de Karina Sosa Castañeda. Sobre el primero, Halfon cuenta en una entrevista que utilizó su diario de viaje como pretexto en la configuración de su libro, el cual narra un par de meses en la vida de la protagonista en su estancia en Berlín, ciudad de la que conoce muy poco y de la que no habla el idioma. Sosa Castañeda sitúa su libro más cerca, en Oaxaca, en una trama que avanza varios años a través de la lectura de los diarios, en los que la protagonista busca una aproximación a su madre.

Otra pregunta que podríamos hacer para este momento es: ¿se puede ser totalmente honesto en un diario si se piensa todo el tiempo en términos literarios? No tengo una respuesta tampoco, pero creo en el poder de lo cotidiano para mover las piezas necesarias desde donde se construyen las historias. Me sorprende cómo el detonante de las personas para llegar a la ficción se puede hallar en los elementos más ordinarios. ¿De qué se trata un diario sino de esa autorreferencia al quedarte sin ingredientes para la cena, y la novela de la cacería para alimentar a la mantícora? Escapamos de la realidad, con la realidad a cuestas. ¿Hay otra forma de escribir?


Fotografías por Alberto Mendoza

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