A CADA RATO EL AMOR


POR ABRIL POSAS


Nada es como antes, pero no hay nada nuevo bajo el sol. ¿Le suena familiar a alguien? A veces estás leyendo un libro que acabas de conseguir en formato en electrónico (no voy a juzgar si hubo pago de por medio o no) y recuerdas que no tuviste que encender la luz desde que oscureció, hace una hora, que quizá no tendrás que ponerte de pie en un buen rato, al menos hasta que la taza de café haga su efecto diurético y te mande al baño con urgencia.

También te sorprendes cuando pones atención al nuevo ritual antes de salir de casa: primero se checa el camino en un mapa interactivo, en una aplicación o en una página web, y una voz humanizada —mas no humana— te dice hacia dónde dirigirte desde la puerta de tu casa hasta tu destino, de ida y vuelta. Antes te llevabas un Guía Roji si no le tenías fe a tu instinto o a las instrucciones de los desconocidos que abordabas poco antes de admitir que te habías perdido. 

Muchas cosas ya no son como antes aunque nos acostumbramos rápido, tanto que las hacemos sin dudar y, si por alguna razón perdemos la herramienta con la que cumplíamos con los nuevos rituales (como cuando te roban el celular afuera de una papelería, chingado), se nos cae poquito la vida y nos cuesta regresar al método original. 

Sin embargo, también sentimos que ya no hay nada realmente nuevo. No, no hay nada, con todo y que últimamente cuesta seguirle el paso a las tendencias de las conversaciones en redes sociales, tenemos que buscar el origen de un meme para comprender el chiste, preguntarle a los amigos más jóvenes quién es ese individuo que esta semana merece todo el odio del que somos capaces.

Eso, supongo, es uno de los temores de los que seguimos envejeciendo: que no morimos jóvenes y que nos vamos quedando atrás irremediablemente extrañando eso que nos regresaba las ganas de vivir: descubrir una nueva banda, ver una película de nuestra directora favorita, probar un platillo que parece recién inventado antes de todo tenga la misma textura, olor, color y sabor. A veces todas las cosas son beige y huelen a cartón viejo aunque estén empaquetadas como el nuevo modelo de Stacy Malibú con sombrero nuevo.

Y luego sucede. Podría decir que lo que sucede es el amor, ese sentimiento que se ha descrito tanto que hasta flojera da repetirlo una vez más. Pero lo cierto es que no es el sentimiento en sí, sino la representación lo que nos hace brillar los ojos otra vez. A mí me pasó con un libro que compré porque estaba en rebaja. Últimamente así compro libros: porque están en rebaja, a pesar de que es por Amazon. Debe ser el único gusto que, realmente, me da culpa. No es como cuando bailaba las de N’Sync en la universidad: en el fondo sí me gustaba corear «Baby, bye-bye-bye» con la coreografía del video; se parece más a lo que sientes cuando sales del restaurante bien satisfecha de la hamburguesa con tocino, y antes de abandonar el local descubres que ahí, a un ladito, está el matadero de cerdos con todo y chillidos de dolor y miedo. Algo así, grados más, grados menos. Un día después lo olvidas, a las tres semanas se te antoja otra vez el mismo platillo y recuerdas que estaba muy delicioso. Y vuelves.

Así con Amazon y los libros. Y para este caso fue el más reciente de la ilustradora Sarah Andersen, que varios conocerán por el mural que pintó en CDMX y que fue dañado al poco tiempo porque, no sé, estaba en una pared de una calle y no un museo. O tal vez porque la odian, ya me harán la aclaración. Andersen comenzó el proyecto de Fangs, el libro, como una serie en línea. De hecho, gran parte de las viñetas que aparecen en el ejemplar que tengo ya las conocía de ahí, pero es diferente tenerlas ya impresas y en secuencia, encuadernadas en una edición bastante decente, forrada en tela roja. La emoción de tenerlo en mis manos se hizo más grande cuando me vi embobada por la historia.

Y eso es lo maravilloso: la historia no es espectacular, ni transgresora. No, no hay personajes no binarios o de género fluido. Pero podrían serlo, porque el desarrollo es tan viejo como el tiempo mismo: dos personas que se conocen, se atraen, se enamoran y deciden estar juntas. El giro, el elemento que permite que Fangs sea divertido, tierno, romántico y salpicado de humor negro es que se trata de una vampira de 300 años que se parece a tu amiga gótica del trabajo y un hombre lobo que podría ser el hipster que se viste siempre con camisa a cuadros. 

Cada página es una estampa en su enamoramiento. Se conocen en un bar que permite la entrada a los monstruos (así se anuncia con un letrero en la fachada. Pero también puede ser pet friendly, o vegano, o feminista, o trans-incluyente. En serio, la etiqueta se puede cambiar las veces que sean necesarias a capricho de quien lo lea) y a partir de ahí conocemos el idilio gracias a esos vistazos que nos muestran que sí, Elsie es una vampira que se quema al contacto con la luz del sol, pero sabe lo que son los celos. Jimmy se convierte en lobo una vez al mes, pero tiene debilidad por los chiqueos en el sillón.

Algo tienen estas historias que reconocemos y al mismo tiempo las sentimos nuevas. Es curioso que una termina aceptando que hasta los monstruos tienen corazón y experimentan el humilde proceso de envolverse en los encantos de alguien más. O que muchas veces una es un monstruo que baja la guardia cada domingo por la mañana, rodeada de arrumacos, ronroneos, narices húmedas y los brazos rendidos de un ex competidor de natación convertido en nivel .9 de Apex. 

Y pues sí, una ya lo ha sentido mil veces antes, ¿por qué se sentirá como si fuera la primera vez de nuevo? No me respondan. No me importa porque todavía lo tengo y prefiero disfrutarlo así. A pesar de todo, a cada rato el amor sigue ocurriendo: Fangs me recordó que algunas cosas nunca cambian, por suerte.

Si quieren leer Fangs, que ya está nominada como Mejor Publicación de Humor en los premios Eisner de este año, vayan aquí: https://tapas.io/episode/1559785


Fotografías por Abril Posas

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